lunes, 22 de diciembre de 2008

Intertextualidad


Con Austen surgió un nuevo estilo de novela, que difería de los anteriores en los temas que trataba. Según Richard Whately, en su análisis sobre la técnica y el efecto moral en la ficción de Jane Austen, su obra no altera nuestra credibilidad ni sorprende nuestra imaginación pese a contar con una amplia variedad de incidentes. Aquellas figuras de afección y sensibilidad romántica, agrega, eran primeramente atributos de personajes ficticios, siendo poco usuales entre aquellos de carne y hueso, es decir, de los que viven y mueren. La mayor parte de esta excitación encuentra su clímax mediante la repetición indiscriminada de la misma, el arte de copiar de la naturaleza, dado que se encuentra presente en todos los aspectos de la vida. Este panorama se expone ante un lector no como una sucesión de escenas propias de un mundo imaginario, sino que, en definitiva, la obra de Austen se centra en aspectos cotidianos y, por tanto, afines a la vida real. La variedad, el entretenimiento y el camino incierto del protagonista son temas que la autora aborda en la casi totalidad de sus obras. No es de menor importancia la prioridad que presta al detalle, y a la descripción realista e ilustrada de personajes y lugares.
Sus novelas contienen un mensaje instructivo, señalan el buen comportamiento y aportan una especie de experiencia ficticia, aunque siempre manteniendo los principios clásicos aristotélicos de verosimilitud, esto es, que sea acorde a la realidad y ofrezca, por consiguiente, una historia donde los elementos que la constituyen se presten a la veracidad de los hechos que se narran.
Durante la primera mitad del siglo XVIII, la función moralizadora había corrido por cuenta de ensayistas como Joseph Addison o Richard Steele, que denunciaban en sus periódicos los abusos cometidos por la sociedad británica contemporánea. Estos artículos se encontraban impregnados de una fuerte connotación satírica, cuyo papel era el de modelar mediante la ridiculez y la expresión jocosa los pilares que debían regir el buen comportamiento del ser humano.
A partir del siglo XIX, sin embargo, esa función pasó a formar parte del canon a través del cual se habrían de regir los nuevos novelistas. La narración, tanto en el caso del cuento como en el de la novela, construiría esos modelos de comportamiento a través de la representación de los mismos. Este mecanismo no se centraría en describir diversos prototipos de clases sociales, sino de ofrecernos sus características fundamentales a raíz de uno o varios personajes que pertenecen a cada una de esas clases. Estos personajes, por otra parte basados en el lector común, buscaban que el receptor del texto se sintiera de alguna manera identificado con ellos, sintiéndose, como resultado, atraído por las circunstancias que les deparará el destino. En el caso de Jane Austen, en su novela de Orgullo y prejuicio, Elizabeth Bennet, la protagonista, y su familia, pertenecen a una clase social media baja. Mr. Darcy y otros personajes como Mr. Bingley y Lady Catherine de Bourgh, son claros iconos de la burguesía del momento. La escritora busca romper estas barreras sociales, mostrándose reacia a la incapacidad de movilidad social típica de la época, y concluye con el matrimonio de los protagonistas, el contrato civil, y la fusión de clases.
Jane Austen demuestra tener un buen gusto por el decoro y por la utilidad, ambas influidas por su religión cristiana y el tenor moral de su composición. Ella misma reconocía en sus obras la característica de un "sermón dramático". El aspecto didáctico, por otra parte, es expresado de forma concisa, es decir, ocurre de forma accidental durante el transcurso de la obra y no se presenta ante el lector de una forma forzada, sino más bien natural. Austen se muestra predispuesta a enseñar a sus lectores, no mediante discursos éticos en sentido estricto, sino a través de eventos que no son ajenos a la vida de cualquiera de las personas que se adentran en la historia. La novela de Austen constituye una unidad racional de historias y sucesos entrelazados para crear un argumento común y lógico. Pocas veces se puede percibir el desenlace de su obra, y cada episodio que la conforma es el resultado de los eventos que tuvieron lugar con anterioridad.

Intertextualidad

Se suele decir de Jane Austen que fue una escritora aislada de la influencia de otros autores de su tiempo, y de la vida social más allá de la rectoría de Steventon en la que vivía, y de la burguesía rural que conformaba la sociedad que la rodeaba.

"Jane Austen vivió aislada del mundo literario: no conoció a ninguno de los autores contemporáneos ni por carta ni por trato personal. Pocos de sus lectores conocían su nombre, y ciertamente ninguno conocía más de ella que eso. Dudo que fuera posible mencionar a cualquier otro autor notable que viviera en una oscuridad tan completa. No puedo pensar de ninguno que viviera como ella, sino en muchos con los que contrastarla en ese respecto"

Memorias de Jane Austen, Edward Austen-Leigh


Esto, sin embargo, no es del todo cierto: sabemos por las cartas que se enviaban ella y Cassandra que las dos hermanas Austen viajaron con frecuencia a casas de amigos y familiares, y también que Austen estaba familiarizada con muchas de las obras que se publicaron entonces. Se puede encontrar prueba de esto en la intertextualidad que aparece en sus obras, pues a veces permite al lector formular juicios sobre los personajes, o hacer que estos se juzguen unos a otros a través de un simple contraste en las lecturas que éstos recomiendan o los fragmentos de texto que leen. Por ejemplo, una forma de ridiculizar a Mr. Collins, en Orgullo y prejuicio, es hacerle leer a sus primas los Sermones de Fordyce, un manual destinado a formar moralmente a las jóvenes que contradecía en muchos aspectos lo que Jane Austen consideraba propio para la educación de éstas. Hay más referencias explícitas en la obra de Austen, por ejemplo, en La abadía de Northanger, que es una parodia de las novelas góticas. La protagonista, Catherine Morland, está leyendo una novela de Ann Radcliffe, Los misterios de Udolfo. Catherine es un personaje que está muy relacionado con las heroínas de novela populares de la época, aquejada de cierto tipo de quijotismo, en el que las novelas de caballería se ven sustituidas por las novelas góticas; ve su vida como la de una de éstas heroínas, y como las novelas de Jane Austen se definen mejor como novelas de formación o Bildungsroman, Catherine debe aprender que la vida no es como la plantean las novelas.
Sabemos por las novelas y las cartas, que Austen leyó a autores como Fanny Burney, Maria Edgeworth, Ann Radcliffe, Daniel Defoe, Henry Fielding, Laurence Sterne, y Samuel Richardson; a ensayistas como Joseph Addison y Richard Steele o a poetas tales como William Cowper y George Crabbe. Lo más destacable, quizá, no es a quién leía, sino a quién no; faltan aquí los nombres de los románticos: William Wordsworth, Coleridge, o Lord Byron; este último brevemente mencionado en Persuasión, quizá su única novela con ciertas pinceladas románticas. Pero en general, Jane Austen, en su manejo de la ironía, está más a la par con los autores del neoclasicismo, como Alexander Pope o Jonathan Swift.


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