martes, 29 de junio de 2010

Las cartas de Jane Austen

Un modo de conocer la vida de un autor, es a través de su correspondencia. Jane Austen escribió muchas cartas a familiares, amigos y especialmente a su hermana Cassandra. Muchas de estas cartas no han sobrevivido el paso del tiempo o fueron simplemente, destruidas por Cassandra. En 1884, el baron Brabourne, hijo de la sobrina de Jane, Fanny Knight, editó las cartas, con una dedicatoria a la Reina Victoria.

jueves, 24 de junio de 2010

La Prueba de Amor. "The Trivial of Love, Mary Wollstonecraft Shelley"

Después de conseguir el permiso de la priora para salir unas horas, Angeline, interna en el convento de Santa Anna, en la pequeña ciudad lombarda de Este, se puso en camino para hacer una visita. La joven vestía con sencillez y buen gusto; su faziola le cubría la cabeza y los hombros, y bajo ella brillaban sus grandes ojos negros, extraordinariamente hermosos. Quizá no fuera una belleza perfecta; pero su rostro era afable, noble y franco; y tenía una profusión de cabellos negros y sedosos, y una tez blanca y delicada, a pesar de ser morena. Su expresión era inteligente y reflexiva; parecía estar en paz consigo misma, y era ostensible que se sentía profundamente interesada, y a menudo feliz, con los pensamientos que ocupaban su imaginación. Era de humilde cuna: su padre había sido el administrador del conde de Moncenigo, un noble veneciano; y su madre había criado a la única hija de éste. Los dos habían muerto, dejándola en una situación relativamente desahogada; y Angeline era un trofeo que buscaban conquistar todos los jóvenes que, sin ser nobles, gozaban de buena posición; pero ella vivía retirada en el convento y no alentaba a ninguno.Llevaba muchos meses sin abandonar sus muros; y sintió algo parecido al miedo cuando se encontró en medio del camino que salía de la ciudad y ascendía por las colinas Euganei hasta Villa Moncenigo, su lugar de destino. Conocía cada palmo del camino. La condesa de Moncenigo había muerto al dar a luz su segundo hijo y, desde entonces, la madre de Angeline había residido en la villa. La familia estaba formada por el conde, que, salvo algunas semanas de otoño, estaba siempre en Venecia, y sus dos hijos. Ludovico, el primogénito, había sido enviado en edad temprana a Padua para recibir una buena educación; y sólo vivía en la villa Faustina, cinco años menor que Angeline.Faustina era la criatura más adorable del mundo: a diferencia de los italianos, tenía los ojos azules y risueños, la tez luminosa y los cabellos color caoba; su figura ágil, esbelta y nada angulosa recordaba a una sílfide; era muy bonita, vivaz y obstinada, y tenía un encanto irresistible que empujaba a todos a ceder alegremente ante ella. Angeline parecía su hermana mayor: se ocupaba de ella y le consentía todos los caprichos; una palabra o una sonrisa de Faustina lo podían todo. «La quiero demasiado -decía a veces-, pero soportaría cualquier cosa antes que ver una lágrima en sus ojos.» Era propio de Angeline no expresar sus sentimientos; los guardaba en su interior, donde crecían hasta convertirse en pasiones. Pero unos excelentes principios y la devoción más sincera impedían que la joven se viera dominada por ellas.Angeline se había quedado huérfana tres años antes, cuando había muerto su madre, y Faustina y ella se habían trasladado al convento de Santa Anna, en la ciudad de Este; pero un año más tarde, Faustina, que entonces tenía quince años, había sido enviada a completar su educación a un famoso convento de Venecia, cuyas aristocráticas puertas estaban cerradas a su humilde compañera. Ahora, a los diecisiete años, después de finalizar sus estudios, había vuelto a casa; y se disponía a pasar los meses de septiembre y octubre en Villa Moncenigo con su padre. Los dos habían llegado aquella misma noche, y Angeline había salido del convento para ver y abrazar a su amiga del alma.Había algo muy maternal en los sentimientos de Angeline; cinco años es una diferencia considerable entre los diez y los quince años, y muy grande entre los diecisiete y los veintidós.«Mi querida niña -pensaba Angeline, mientras iba andando-, debe de haber crecido mucho, e imagino que estará más hermosa que nunca. ¡Qué ganas tengo de verla, con su dulce y pícara sonrisa! Me gustaría saber si ha encontrado a alguien que la mimara tanto como yo en su convento veneciano... alguien que asumiera la responsabilidad de sus faltas y que le consintiera sus caprichos. ¡Ah, aquellos días no volverán! Ahora estará pensando en el matrimonio... Me pregunto si habrá sentido algo parecido al amor -suspiró-. Pronto lo sabré... estoy segura de que me lo contará todo. Ojalá pudiera abrirle mi corazón... detesto tanto secreto y tanto misterio; pero he de cumplir mi promesa, y dentro de un mes habrá acabado todo... dentro de un mes conoceré mi destino. ¡Dentro de un mes! ¿Lo veré a él entonces? ¿Volveré a verlo algún día? Pero será mejor que olvide todo eso y piense únicamente en Faustina... ¡mi dulce y entrañable Faustina!»Angeline subía lentamente la colina cuando oyó que alguien la llamaba; y en la terraza que dominaba el camino, apoyada en la balaustrada, se hallaba la querida destinataria de sus pensamientos, la bonita Faustina, la pequeña hada... en la flor de la vida, sonriendo de felicidad. Angeline sintió un cariño aún mayor por ella.No tardaron en abrazarse; Faustina reía con ojos chispeantes, y empezó a contarle todo lo sucedido en aquellos dos años, y se mostró obstinada e infantil, aunque tan encantadora y cariñosa como siempre. Angeline la escuchó con alegría, contemplando extasiada y en silencio los hoyuelos de sus mejillas, el brillo de sus ojos y la gracia de sus ademanes. No habría tenido tiempo de contarle su historia aunque hubiese querido, Faustina hablaba tan deprisa...-¿Sabes, Angelinetta mía -exclamó-, que me casaré este invierno?-Y ¿quién será tu señor esposo?-Todavía no lo sé; pero lo encontraré en el próximo carnaval. Debe ser muy noble y muy rico, dice papá; y yo digo que debe ser muy joven, tener buen carácter y dejarme hacer lo que yo quiera, como siempre has hecho tú, querida Angeline.Finalmente, Angeline se levantó para despedirse. A Faustina no le agradó que se marchara -quería que pasara la noche con ella-, y señaló que enviaría a alguien al convento para conseguir permiso de la priora. Pero Angeline, sabiendo que esto era imposible, estaba decidida a irse y convenció a su amiga de que la dejara partir. Al día siguiente, Faustina visitaría personalmente el convento para ver a sus antiguas amistades, y Angeline podría regresar con ella por la noche si lo permitía la priora. Una vez discutido este plan, las dos jóvenes se separaron con un abrazo; y, mientras bajaba con paso ligero, Angeline levantó la mirada y vio cómo Faustina, muy sonriente, le decía adiós con la mano desde la terraza. Angeline estaba encantada con su amabilidad, su hermosura, la animación y viveza de su conducta y de su conversación. Faustina ocupó al principio todos sus pensamientos, pero, en una curva del camino, cierta circunstancia le trajo otros recuerdos. «¡Oh, qué feliz seré si él demuestra haberme sido fiel! -pensó-. ¡Con Faustina e Ippolito, será como vivir en el Paraíso!»Y luego rememoró cuanto había ocurrido en los dos últimos años. Del modo más breve posible, seguiremos su ejemplo.Cuando Faustina partió para Venecia, Angeline se quedó sola en el convento. Aunque era una persona retraída, Camilla della Toretta, una joven dama de Bolonia, se convirtió en su mejor amiga. El hermano de Camilla vino a visitarla, y Angeline la acompañó al locutorio para recibirlo. Hipólito se enamoró desesperadamente de ella, y consiguió que Angeline le correspondiera. Todos los sentimientos de la joven eran sinceros y apasionados; sin embargo, sabía atemperarlos, y su conducta fue irreprochable. Hipólito, por el contrario, era impetuoso y vehemente: la amaba ardientemente y no podía tolerar que nada se opusiera a sus deseos. Decidió contraer matrimonio, pero, como pertenecía a la nobleza, temía la desaprobación de su padre. Mas era necesario pedir su consentimiento; y el anciano aristócrata, presa del temor y de la indignación, llegó a Este, dispuesto a adoptar cualquier medida que separase para siempre a los dos enamorados. La dulzura y la bondad de Angeline mitigaron su cólera, y el abatimiento de su hijo le movió a compasión. Desaprobaba el matrimonio, pero comprendía que Hipólito deseara unirse a tanta hermosura y gentileza. Pero después pensó que su hijo era muy joven y podía cambiar de parecer, y se reprochó a sí mismo haber dado tan fácilmente su consentimiento. Por ese motivo llegó a un compromiso: les daría su bendición un año más tarde, siempre que la joven pareja se comprometiera, con el más solemne juramento, a no verse ni escribirse durante ese intervalo. Quedó sobreentendido que sería un año de prueba; y que no habría ningún compromiso hasta que éste expirara, y si permanecían fieles, su constancia sería premiada. No hay duda de que el padre creía, e incluso esperaba, que, en aquel período de ausencia, los sentimientos de Hipólito cambiarían, y que éste entablaría una relación más conveniente.Arrodillados ante una cruz, los dos enamorados prometieron un año de silencio y de separación; Angeline, con los ojos iluminados por la gratitud y la esperanza; Hipólito, lleno de rabia y desesperación por aquella interrupción de su felicidad, que jamás habría aceptado si Angeline no hubiera empleado todas sus dotes de persuasión y de mando para convencerlo; pues la joven había afirmado que, a menos que obedeciera a su padre, ella se encerraría en su celda, y se convertiría voluntariamente en una prisionera, hasta que terminara el tiempo prescrito. De modo que Hipólito prestó juramento e inmediatamente después partió hacia París.Faltaba sólo un mes para que expirara el año, y no es de extrañar que los pensamientos de Angeline pasaran de su dulce Faustina al destino que la esperaba. Además del voto de ausencia, habían prometido mantener su compromiso y cuanto se relacionaba con él en el más profundo secreto durante ese período. Angeline accedió de buena gana (pues su amiga se hallaba lejos) a guardar silencio hasta que transcurriera el año; pero Faustina había regresado, y ella sentía el peso de aquel secreto en su conciencia. Pero no importaba: tenía que cumplir su palabra.Ensimismada en sus pensamientos, había llegado al pie de la colina y empezaba a subir la ladera que conducía a la ciudad de Este cuando en los viñedos que bordeaban un lado del camino oyó un ruido... de pisadas... y una voz conocida que pronunciaba su nombre.-¡Virgen Santa! ¡Hipólito! -exclamó-. ¿Es ésta tu promesa?-Y ¿es éste tu recibimiento? -respondió él en tono de reproche-. ¡Qué cruel eres! Como no soy lo bastante frío para seguir alejado... como este último mes ha durado una intolerable eternidad, te alejas de mí... deseas que me vaya. Son ciertos, entonces, los rumores... ¡amas a otro! ¡Ah! Mi viaje no será en vano... descubriré quién es y me vengaré de tu falsedad.Angeline le lanzó una mirada de asombro y desaprobación; pero guardó silenció y prosiguió su camino. Tenía miedo de romper su juramento, y que la maldición del cielo cayera sobre su unión. Decidió que nada le induciría a decir otra palabra; si seguía fiel a la promesa, perdonarían a Hipólito por haberla incumplido. Caminó muy deprisa, sintiéndose alegre y desgraciada al mismo tiempo... aunque esto no es exacto... lo que le embargaba era una felicidad sincera, absorbente; pero temía en cierto modo la cólera de su amado, y sobre todo las terribles consecuencias que podría tener la ruptura de su solemne voto. Sus ojos resplandecían de amor y de dicha, pero sus labios parecían sellados; y, resuelta a no decir nada, escondió el rostro bajo su faziola, para que él no pudiera verlo, y continuó andando con la vista clavada en el suelo. Loco de ira, vertiendo torrentes de reproches, Hipólito se mantuvo a su lado, ora reprochándole su infidelidad, ora jurando venganza, o describiendo y elogiando su propia constancia y su amor inalterable. Era un tema muy grato, aunque peligroso. Angeline tuvo la tentación de decirle más de mil veces que sus sentimientos no habían cambiado; pero logró reprimir ese deseo y, cogiendo el rosario en sus manos, empezó a rezar. Se acercaban a la ciudad y, consciente de que no podría convencerla, Hipólito decidió finalmente alejarse de ella, afirmando que descubriría a su rival, y se vengaría por su crueldad e indiferencia. Angeline entró en el convento, corrió a su celda y, poniéndose de rodillas, pidió a Dios que perdonara a su amado por romper la promesa; luego, radiante de felicidad por la prueba que él le había dado de su constancia, y recordando lo poco que faltaba para que su dicha fuera perfecta, apoyó la cabeza en sus brazos y se sumió en una especie de ensueño celestial. Había librado una amarga lucha resistiéndose a las súplicas del joven, pero sus dudas se habían disipado: él le había sido fiel y, en la fecha acordada, vendría a buscarla; y ella, que durante aquel largo año le había amado con ferviente, aunque callada, devoción, ¡se vería recompensada! Se sentía segura... agradecida al cielo... feliz. ¡Pobre Angeline!Al día siguiente, Faustina fue al convento: las monjas se apiñaron a su alrededor. «Quanto é bellina», exclamó una. «E tanta carina!», dijo otra. «S’é fatta la sposina?»... ¿Está ya prometida en matrimonio?, preguntó una tercera. Faustina respondía con sonrisas y caricias, bromas inocentes y risas. Las monjas la idolatraban; y Angeline estaba a su lado, admirando a su encantadora amiga y disfrutando de los elogios que le prodigaban. Finalmente, Faustina tuvo que partir; y Angeline, tal como habían previsto, consiguió permiso para acompañarla.-Puedes ir a la villa con Faustina, pero no quedarte allí a pasar la noche -señaló la priora, pues iba en contra de las reglas del convento.Faustina suplicó, protestó y consiguió, mediante halagos, que dejara regresar a su amiga al día siguiente. Entonces iniciaron el regreso juntas, acompañadas de una vieja criada, una especie de señora de compañía. Mientras andaban, un caballero las adelantó a caballo.-¡Qué guapo es! -exclamó Faustina-. ¿Quién será?Angeline se puso roja como la grana, pues se dio cuenta de que era Hipólito. Él pasó a gran velocidad, y no tardaron en perderlo de vista. Estaban subiendo la ladera, y ya casi divisaban la villa, cuando les alarmó oír toda clase de gritos, berridos y bramidos, como si unas bestias salvajes o unos locos, o todos a la vez, hubieran escapado de sus guaridas y manicomios. Faustina palideció; y pronto su amiga estuvo tan asustada como ella, pues vio un búfalo, escapado de su yugo, que se lanzaba colina abajo, llenando el aire de rugidos, perseguido por un grupo de contadini chillando y dando alaridos... y enfilaba directamente hacia las dos amigas. La anciana acompañanta exclamó: «O, Gesu Maria!» y se tiró al suelo. Faustina lanzó un grito desgarrador y cogió a Angeline por la cintura; ésta se puso delante de su aterrorizada amiga, dispuesta a afrontar ella todo el peligro para salvarla... y el animal se acercaba. En ese momento, el caballero bajó galopando la ladera, adelantó al búfalo y dándose media vuelta, se enfrentó al animal salvaje con valentía. Con un bramido feroz, la bestia se desvió bruscamente a un lado y cogió un sendero que salía a la izquierda; pero el caballo, despavorido, se encabritó, arrojó el jinete al suelo y huyó a galope tendido colina abajo. El caballero quedó tendido en el suelo, completamente inmóvil.Le llegó entonces el turno de gritar a Angeline; y ella y Faustina corrieron angustiadas hacia su salvador. Mientras esta última le daba aire con el enorme abanico verde que llevan las damas italianas para protegerse del sol, Angeline se apresuró a ir a buscar agua. A los pocos minutos, el color volvió a las mejillas del joven, que abrió los ojos; y entonces vio a la hermosa Faustina e intentó levantarse. Angeline apareció en ese instante y, ofreciéndole agua en una calabaza, la acercó a sus labios. Él apretó su mano, y ella la retiró. Fue entonces cuando la anciana Caterina, extrañada de aquel silencio, empezó a mirar a su alrededor y, al ver que sólo estaban las dos jóvenes inclinadas sobre un hombre en el suelo, se levantó y fue a reunirse con ellas.-¡Se está usted muriendo! -exclamó Faustina-. Me ha salvado la vida y se ha matado por ello.Hipólito trató de sonreír.-No, no me estoy muriendo -dijo-, pero estoy herido.-¿Dónde? ¿Cómo? -gritó Angeline-. Mi querida Faustina, enviemos a buscar un carruaje y llevémoslo a la villa.-¡Oh, sí! -repuso Faustina-. Vamos, Caterina, corre... dile a papá lo ocurrido... que un joven caballero se ha matado por salvarme la vida.-No me he matado -le interrumpió Hipólito-; sólo me he roto el brazo y, tal vez, la pierna.Angeline adquirió una palidez cadavérica y se dejó caer al suelo.-Pero morirá antes de que consigamos ayuda -afirmó Faustina-; esa estúpida Caterina es más lenta que una tortuga.-Iré yo a la villa -exclamó Angeline-, Caterina se quedará contigo y con Ip... Buon Dio! ¿Qué estoy diciendo?Se alejó presurosa y dejó a Faustina abanicando a su amado, que volvió a sentirse muy débil. En seguida se dio la alarma en la villa, el señor Conde envió a buscar un médico y ordenó que sacaran un colchón, entre cuatro hombres, para ir en ayuda de Hipólito. Angeline se quedó en la casa; por fin pudo abandonarse a sus sentimientos y llorar amargamente, abrumada por el miedo y el dolor.-¿Oh, por qué rompería su promesa para ser castigado? ¡Ojalá pudiera yo expiar su culpa! -se lamentó.No tardó, sin embargo, en recobrar el ánimo; y, cuando entraron con Hipólito, le había preparado la cama y había cogido las vendas que había creído necesarias. Pronto llegó el médico; y vio que el brazo izquierdo estaba claramente roto, pero que la pierna no había sufrido más que una contusión. Entonces redujo la fractura, sangró al paciente y, dándole una pócima para serenarlo, ordenó que estuviera tranquilo. Angeline pasó toda la noche a su lado, pero Hipólito durmió profundamente y no se dio cuenta de su presencia. Jamás lo había amado tanto. Comprendió que su desgracia, sin duda fortuita, hacía honor al cariño que sentía por ella, y contempló su hermoso rostro, apaciblemente dormido.«¡Que el cielo guarde al amante más leal que jamás haya bendecido las promesas de una joven», pensó.A la mañana siguiente, Hipólito se despertó sin fiebre y muy animado. La herida de la pierna apenas le dolía, y quería levantarse; recibió la visita del médico, quien le rogó que guardara cama un día o dos para evitar una infección, y le aseguró que se curaría antes si obedecía sus órdenes sin reservas. Angeline pasó el día en la villa, pero no volvió a verlo. Faustina no dejó de hablar de su valentía, heroísmo y simpatía. Ella era la heroína de la historia. El caballero había arriesgado su vida por ella; era ella a quien había salvado. Angeline sonrió un poco ante su egotismo y pensó que se sentiría humillada si le contaba la verdad; así que guardó silencio. Por la noche, se vio obligada a regresar al convento; ¿entraría a despedirse de Hipólito? ¿Era correcto? ¿No significaba romper su promesa? Y, sin embargo, ¿cómo resistirse a hacerlo? Así, pues, entró en la habitación y se acercó sigilosamente a él; Hipólito oyó sus pasos, levantó ilusionado la mirada y sus ojos reflejaron cierta decepción.-¡Adiós, Hipólito! -dijo Angeline-. He de volver al convento. Si empeoras, ¡Dios nos libre!, vendré a cuidarte y atenderte, y moriré contigo; si te restableces, como parece ser la voluntad divina, antes de un mes te daré las gracias como mereces. ¡Adiós, querido Hipólito!-¡Adiós, querida Angeline! Cuanto piensas es bueno y justo, y tu conciencia lo aprueba: no temas por mí. Siento mi cuerpo lleno de salud y de vigor, y, puesto que tú y tu dulce amiga están a salvo, ¡benditas sean las incomodidades y los dolores que sufro! ¡Adiós! Pero espera, Angeline, tan sólo unas palabras... mi padre, según he oído, se llevó a Camilla de vuelta a Bolonia el año pasado... ¿ustedes se escriben, tal vez?-Te equivocas, Hipólito; de acuerdo con los deseos del Marqués, no hemos intercambiado ninguna carta.-Has obedecido tanto en la amistad como en el amor... ¡qué bondadosa eres! Pero yo también quiero que me hagas una promesa... ¿la cumplirás con la misma firmeza que la de mi padre?-Si no va en contra de nuestro voto...-¡De nuestro voto!. ¡Pareces una novicia! ¿Acaso nuestros votos tienen tanto valor? No, no va en contra de nuestro voto; sólo te pido que no escribas a Camilla o a mi padre, ni dejes que este accidente llegue a sus oídos. Les inquietaría inútilmente... ¿me lo prometes?-Te prometo que no les enviaré ninguna carta sin tu permiso.-Y yo confío en que serás fiel a tu palabra, de igual modo que lo has sido a tu promesa. Adiós, Angeline. ¡Cómo! ¿Te vas sin un beso?La joven se apresuró a salir del cuarto para no ceder a la tentación; pues acceder a aquella demanda habría sido un quebrantamiento mucho mayor de su promesa que cualquiera de los ya perpetrados.Regresó a Este, preocupada y, sin embargo, alegre; convencida de la lealtad de su amado y rezando fervorosamente para que no tardara en recuperarse. Durante varios días acudió regularmente a Villa Moncenigo para preguntar por su salud, y se enteró de que el joven mejoraba poco a poco; finalmente, le comunicaron que Hipólito tenía permiso para abandonar su habitación. Faustina le dio la noticia, con los ojos brillantes de alegría. Hablaba sin cesar de su caballero, así le llamaba, y de la gratitud y admiración que sentía por él. Lo había visitado a diario acompañada de su padre, y siempre tenía alguna nueva historia que contar sobre su ingenio, elegancia y amables cumplidos. Ahora que él podía reunirse con ellos en la sala, se sentía doblemente feliz. Después de recibir esa información, Angeline renunció a sus visitas diarias, ya que corría el peligro de encontrarse con su amado. Enviaba todos los días a alguien y tenía noticias de su restablecimiento; y todos los días recibía un mensaje de su amiga, invitándola a Villa Moncenigo. Pero ella se mantuvo firme: sentía que obraba bien. Y, aunque temía que él estuviera enfadado, sabía que trascurridos quince días -lo que quedaba del mes- podría expresarle sus verdaderos sentimientos; y, como él la amaba, la perdonaría en seguida. No llevaba ningún peso en el corazón, nada que no fuera gratitud y alegría.Todos los días, Faustina le suplicaba que fuera y, aunque sus ruegos se volvieron cada vez más apremiantes, Angeline siguió dándole excusas. Una mañana su joven amiga entró atropelladamente en su celda para llenarla de reproches y mostrarle su extrañeza por su ausencia. Angeline se vio obligada a prometer que la visitaría; y entonces se interesó por el caballero, a fin de descubrir cuál era la mejor hora para evitar su encuentro. Faustina se sonrojó... un adorable rubor se extendió por todo su rostro mientras exclamaba:-¡Oh, Angeline! ¡Quiero que vengas por él!Angeline enrojeció a su vez, temiendo que Hipólito hubiera traicionado su secreto, y se apresuró a decir:-¿Te ha dicho algo?-Nada -respondió alegremente su amiga-; por eso te necesito. ¡Oh, Angeline! Papá me preguntó ayer si Hipólito me gustaba, y añadió que, si su padre lo aprobaba, no veía ninguna razón por la que no pudiéramos casarnos. Tampoco yo... pero ¿me querrá él? Oh, si no me ama, no dejaré que se hable del asunto, ni que pregunten a su padre... ¡no me casaría con él por nada del mundo!Y los ojos de la delicada joven se llenaron de lágrimas, y se arrojó a los brazos de Angeline.«Pobre Faustina -pensó su amiga-, ¿seré yo la causante de su sufrimiento?»Y empezó a acariciarla y a besarla con palabras cariñosas y tranquilizadoras. Faustina prosiguió. Estaba convencida, dijo, de que Hipólito la amaba. Angeline se sobresaltó al oír su nombre así pronunciado por otra mujer; y palideció y se estremeció mientras se esforzaba por no traicionarse a sí misma. El joven no daba demasiadas muestras de amor, pero parecía tan feliz cuando ella entraba, e insistía tanto en que se quedara... y luego sus ojos...-¿En alguna ocasión te ha dicho algo de mí? -inquirió Angeline.-No... ¿por qué iba a hacerlo? -replicó Faustina.-Me salvó la vida -contestó su amiga, ruborizándose.-¿De veras? ¿Cuándo? ¡Oh, sí, ahora lo recuerdo! Sólo pensaba en mí; pero lo cierto es que tu peligro fue tan grande... no, más grande, pues me protegiste con tu cuerpo. Mi amiga del alma, no soy una desagradecida, aunque Hipólito me vuelva tan olvidadiza...Todo esto sorprendió, mejor dicho, dejó estupefacta a Angeline. No dudó de la fidelidad de su amado, pero temió por la felicidad de su amiga, y cualquier idea que se le ocurría daba paso a ese sentimiento... Prometió visitar a Faustina aquella misma tarde.Y ahí está de nuevo, subiendo lentamente la colina, con el corazón encogido a causa de Faustina, confiando en que su amor repentino y no correspondido no comprometa su felicidad futura. Al doblar una curva, cerca de la villa, oyó que la llamaban; y, cuando levantó los ojos, volvió a contemplar, asomado a la balaustrada, el rostro sonriente de su hermosa amiga; e Hipólito estaba junto a ella. El joven se sobresaltó y dio un paso atrás cuando sus miradas se encontraron. Angeline había ido decidida a ponerle en guardia, y estaba ideando el mejor modo de explicarle las cosas sin comprometer a su amiga. Fue una labor inútil; cuando entró en el salón, Hipólito se había marchado, y no volvió a aparecer.«No querrá romper su promesa», pensó Angeline.Pero se quedó terriblemente angustiada por su amiga, y muy confusa. Faustina sólo podía hablar de su caballero. Angeline estaba llena de remordimientos, y no sabía qué hacer. ¿Debía revelar la situación a su amiga? Quizá fuera lo mejor, y, sin embargo, le parecía muy difícil; además, a veces tenía casi la sospecha de que Hipólito la había traicionado. El pensamiento venía acompañado de un dolor punzante que luego desaparecía, hasta que creyó enloquecer, y fue incapaz de dominar su voz. Regresó al convento más inquieta y acongojada que nunca.Visitó la villa en dos ocasiones, e Hipólito volvió a eludirla; y el relato de Faustina sobre el modo en que él la trataba se tornó más inexplicable. Una y otra vez, el miedo de haberlo perdido la atormentó; y de nuevo se tranquilizó a sí misma pensando que su alejamiento y su silencio eran debidos al juramento, y que su misterioso comportamiento con Faustina sólo existía en la imaginación de la joven. No dejaba de dar vueltas al modo en que debía comportarse, mientras el apetito y el sueño la abandonaban; finalmente, cayó demasiado enferma para ir a la villa y, durante dos días, se vio obligada a guardar cama. En aquellas horas febriles, sin fuerzas para moverse, y desconsolada por la suerte de Faustina, tomó la decisión de escribir a Hipólito. Él se negaría a verla, así que no tenía otro modo de comunicarse. Su promesa lo prohibía, pero la habían roto ya de tantas maneras... Además, no lo hacía por ella, sino por su querida amiga. Pero, ¿qué pasaría si su carta llegaba a manos extrañas? ¿Y si Hipólito pensaba abandonarla por Faustina? Entonces el secreto quedaría enterrado para siempre en su corazón. Por ese motivo, resolvió escribir su misiva sin que nada la traicionara ante una tercera persona. No fue una tarea fácil, pero finalmente la llevó a cabo.El señor caballero sabría disculparla, confiaba. Ella era... siempre había sido como una madre para la señorita Faustina... la amaba más que a su vida. El señor caballero estaba actuando, quizá, de un modo irreflexivo. ¿Comprendía sus palabras? Y, aunque no tuviese ninguna intención, la gente haría conjeturas. Todo cuanto le pedía era permiso para escribir a su padre, a fin de que aquella situación de incertidumbre y misterio terminara lo antes posible.Angeline rompió diez notas... y, aunque no estaba satisfecha con esta última, la cerró; y luego se arrastró fuera de la cama para enviarla inmediatamente por correo.Aquel acto de valentía tranquilizó su ánimo, y fue muy beneficioso para su salud. Al día siguiente se sentía tan bien que decidió ir a la villa para descubrir el efecto que había producido su carta. Con el corazón palpitante, subió la ladera y, al doblar la curva de siempre, levantó la mirada. No había ninguna Faustina en la balaustrada. Y no era de extrañar, pues nadie la esperaba; sin embargo, sin saber por qué, se sintió muy desgraciada y los ojos se le llenaron de lágrimas.«Si pudiera ver a Hipólito un momento... y él me diera la más pequeña explicación, ¡todo se arreglaría!», caviló.Con esos pensamientos llegó a la villa y entró en el salón. Oyó unos pasos rápidos, como si alguien huyera de ella. Faustina estaba sentada delante de una mesa leyendo una carta... sus mejillas rojas como la grana, su pecho palpitando de agitación. El sombrero y la capa de Hipólito se hallaban a su lado, e indicaban que acababa de abandonar precipitadamente la estancia. La joven se volvió... divisó a Angeline... sus ojos despidieron fuego... y arrojó la misiva que estaba leyendo a los pies de su amiga; Angeline comprendió que era la suya.-¡Cógela! -dijo Faustina-. Te pertenece. Por qué motivo la has escrito... y qué significa... es algo que no preguntaré. Ha sido algo despreciable por tu parte, además de inútil, te lo aseguro... No soy alguien que entregue su corazón antes de que se lo pidan, ni que pueda ser rechazada cuando mi padre me ofrece en matrimonio. Coge tu carta, Angeline. ¡Oh! ¡Yo nunca creí que te comportarías así conmigo!Angeline seguía allí como si la escuchara, pero no oía una sola palabra; completamente inmóvil... las manos enlazadas con fuerza, los ojos anegados en lágrimas y fijos en su carta.-Te digo que la cojas -exclamó Faustina con impaciencia, dando una patada en el suelo con su pequeño pie-; ha llegado demasiado tarde, fueran cuales fueran tus intenciones. Hipólito ha escrito a su padre pidiéndole su consentimiento para nuestra boda; mi padre también lo ha hecho.Angeline se estremeció y miró con ojos desorbitados a su amiga.-¡Es cierto! ¿Acaso lo dudas? ¿Quieres que llame a Ippolito para que confirme mis palabras?Faustina se dirigió a ella exultante. Angeline, muda de espanto, se apresuró a coger la carta; y abandonó la sala... y la casa; bajó la colina y regresó al convento. Con el corazón al rojo vivo, sintió su cuerpo poseído por un espíritu que no era el suyo: no lloraba, pero sus ojos parecían a punto de salirse de las órbitas... y sus miembros se contraían espasmódicamente. Corrió a su celda, se arrojó al suelo, y entonces pudo estallar en llanto; después de derramar torrentes de lágrimas, consiguió rezar, y más tarde... cuando recordó que su sueño de felicidad había terminado para siempre, deseó la muerte.A la mañana siguiente, abrió los ojos de mala gana y se levantó. Era de día; y todos debían levantarse y seguir adelante, y ella entre los demás, aunque el sol ya no brillase como antes y el dolor convirtiera su vida en un tormento. No pudo evitar sobresaltarse cuando, poco después, le informaron que un caballero deseaba verla. Buscó refugio en un rincón, y rehusó bajar al locutorio. La portera regresó un cuarto de hora más tarde. El joven se había marchado, pero le había escrito una nota; y le entregó la misiva. Estaba sobre la mesa, delante de Angeline... pero le traía sin cuidado abrirla... todo había terminado, y no necesitaba aquella confirmación. Finalmente, muy despacio, y no sin esfuerzo, rompió el sello. Estaba fechada el día en que expiraba el año. Las lágrimas asomaron a sus ojos, y entonces nació en su corazón la cruel esperanza de que todo fuera un sueño, y de que ahora que la Prueba de Amor llegaba a su fin, él la reclamara como suya. Empujada por esta incierta suposición, se enjugó las lágrimas y leyó las siguientes palabras:He venido a excusarme por mi bajeza. Rehúsas verme y yo te escribo; pues, aunque siempre seré un hombre despreciable para ti, no pareceré peor de lo que soy. Recibí tu carta en presencia de Faustina y ella reconoció tu letra. Conoces bien su obstinación, su impetuosidad; no pude impedir que me la arrebatara. No añadiré nada más. Debes de odiarme; y, sin embargo, tendrías que compadecerme, pues soy muy desdichado. Mi honor está ahora comprometido; todo terminó antes de que yo empezara a ser consciente del peligro... pero ya no se puede hacer nada. No encontraré la paz hasta que me perdones, y, sin embargo, merezco tu maldición. Faustina no sabe nada de nuestro secreto. Adiós.El papel cayó de las manos de Angeline.Sería inútil describir los diversos sufrimientos que soportó la infortunada joven. Su piedad, resignación y carácter noble y generoso acudieron en su ayuda, y le sirvieron de apoyo cuando sentía que sin ellos podía morir. Faustina le escribió para decirle que le hubiera gustado verla, pero que Hipólito era reacio a la idea. Habían recibido la respuesta del marqués de la Toretta, un feliz consentimiento; pero el anciano se hallaba enfermo y todos se marchaban a Bolonia. A la vuelta, hablarían.Su partida ofreció cierto consuelo a la desdichada joven. Y no tardó en prodigárselo también una carta del padre de Hipólito, llena de alabanzas de su conducta. Su hijo se lo había confesado todo, escribía; ella era un ángel... el cielo la premiaría, pero su recompensa sería aun mayor si se dignaba perdonar a su infiel enamorado. Responder a esa misiva alivió el dolor de la joven, que desahogó su pena y los pensamientos que la atormentaban escribiéndola. Perdonó de buen grado a Hipólito, y rezó para que él y su adorable esposa gozaran de todas las bendiciones.Hipólito y Faustina contrajeron matrimonio y pasaron dos o tres años en París y en el sur de Italia. Ella fue inmensamente feliz al principio; pero pronto el mundo cruel y el carácter ligero e inconstante de su marido infligieron mil heridas en su joven corazón. Echaba de menos la amistad y la comprensión de Angeline; apoyar la cabeza en su pecho y ser consolada por ella. Propuso una visita a Venecia, Hipólito accedió y, de camino, pasaron por Este. Angeline había tomado el hábito en el convento de Santa Anna. Se sintió muy complacida, por no decir feliz, de su visita; escuchó con gran sorpresa las penas de Faustina, y se esforzó por consolarla. También vio a Hipólito con enorme serenidad, pues sus sentimientos habían cambiado; no era el ser que ella había amado, y comprendió que, de haberse casado con él, con su profunda sensibilidad y sus elevadas ideas sobre el honor, se habría sentido incluso más decepcionada que Faustina.La pareja llevó la vida que suelen llevar los matrimonios italianos. Él era amante de las diversiones, inconstante, despreocupado; ella se consolaba con un cavaliere servente. Angeline, consagrada a Dios, se asombraba de todo aquello; y de que alguien pudiera cambiar, con tanta ligereza sus afectos, para ella tan sagrados e inmutables.

Mary Wollstonecraft Shelley



lunes, 21 de junio de 2010

Jane Austen Recuerda

Conforme se acerca a los cuarenta, Jane aparece felizmente soltera y, para su sobrina, parece ser una experta en el amor. Protegida por su ingenio, Jane da una cara tan deslumbrante como muchas de las jóvenes heroínas de sus novelas, pero los hechos conspiran para potencialmente exponer las teorías con principios de amor y matrimonio como poco juiciosas. Un encuentro casual con uno de sus antiguos pretendientes hace que Jane pierda la compostura, y cuando se topa con el joven y gallardo médico de su hermano, sus pasiones se encienden.

A las puertas de la mediana edad, Jane Austen mantiene una activa correspondencia con su hermana Cassandra a quien confia sus sentimientos y los lamentos por lo que podia haber sido su vida de haber encontrado matrimonio en su adolescencia cuando se le presento la ocasion.Sin embargo, el espiritu de Austen no se define por la debilidad, sus recriminaciones hacia si misma no estan exantas de cierto sentido de orgullo puesto que ve la decision de no casarse como algo vital para disponer de la libertad con la que dio a luz a sus preciadas novelas. Cuando sus pretendientes vuelven de nuevo a escena, Jane tendra que volver a plantearse muchas cosas que creia haber dejado atras.

El encuentro poema de Katherine Mansfield

Katherine Mansfield es el pseudónimo que usó Kathleen Beauchamp (Wellington, Nueva Zelanda, 14 de octubre de 1888 - Fontainebleau, Francia, 9 de enero de 1923), destacada escritora modernista de origen neozelandés.


EL ENCUENTRO

Empezamos a hablar­
Nos miramos; dejamos de mirarnos
Las lágrimas subían a mis ojos
Pero no podía llorar
Deseaba tomar tu mano
Pero mi mano temblaba.
No dejabas de contar los días que faltaban
Para nuestro próximo encuentro
Pero los dos sentíamos en el corazón
Que nos separábamos para siempre.
El tictac del relojito llenaba la habitación en calma
Escucha, dije, es tan fuerte
Como el galope de un caballo en un camino solitario
Así de fuerte - un caballo galopando en la noche.
Me hiciste callar en tus brazos­
Pero el sonido del reloj ahogó el latido de nuestros corazones.
Dijiste `No puedo irme: todo lo que vive de mí
Está aquí para siempre'.Después te fuiste.
El mundo cambió. El ruido del reloj se hizo más débil
Se fue perdiendo –se tornó minúsculo-
Susurré en la oscuridad: “Moriré si se detiene”.

viernes, 18 de junio de 2010

Thomas Hardy


Thomas Hardy (Higher Bockhampton, Stinsford, cerca de Dorchester, 2 de junio de 1840 - Max Gate, 11 de enero de 1928), novelista y poeta inglés, superador del naturalismo de su tiempo.

Su padre, Thomas Hardy, era un constructor de Higher Bockhampton, localidad inglesa cercana a Dorchester, y, su madre, Jemima Hand, trabajó como cocinera y sirvienta. Ambos contrajeron matrimonio en Melbury Osmund el 22 de diciembre de 1839. El novelista, nacido el 2 de junio de 1840, fue el primogénito de la pareja. Su madre, una mujer cultivada, le procuró varias lecturas, como la traducción inglesa de Dryden de las obras completas de Virgilio, y el Rasselas de Johnson, que leyó con solo ocho años. De 1848 a 1856 asistió a la escuela local en Bockhampton, donde aprendió latín, francés y alemán.
A los 16 años, en 1856, comenzó su aprendizaje en Dorchester junto al arquitecto y restaurador John Hicks, a cuyas órdenes trabajó hasta el año 1861. Durante esta etapa estudió a los trágicos griegos, bajo la tutela de Horace Moule. En 1859, leyó El origen de las especies de Charles Darwin. Ese mismo año escribió su primer poema, Domicilium.
En 1862 se trasladó a Londres como ayudante del arquitecto eclesiástico Arthur Blomfield, especialista en restauraciones de iglesias y constructor de otras nuevas en estilo neogótico. Asistió al teatro y la ópera y visitó casi diariamente la National Gallery. En esta etapa leyó a Herbert Spencer, Huxley, John Stuart Mill y los poetas románticos y postrománticos Shelley, Scott, Browning y Swinburne. En 1865 publicó su primer artículo titulado "How I Built Myself a House". Envió varios de sus poemas a periódicos, pero fueron rechazados.
En 1867 regresó a Dorchester para trabajar con Hicks. Ese mismo año comenzó su primera novela, hoy perdida, que llevaba el título de The Poor Man and the Lady. Es posible que en este año mantuviera un romance con su prima Tryphena Sparks, modelo de sus personajes Fancy Day y Sue Bridehead. En 1868 concluyó The Poor Man and the Lady, pero desestimó publicarla siguiendo los consejos de George Meredith. Tras la muerte de Hicks, se trasladó a Weymouth para trabajar con su sucesor, Crickmay. En 1870 Crickmay envió a Hardy a St. Juliot, en Cornualles, para planear la restauración de la iglesia. Allí conoció a su futura esposa, Emma Lavinia Gifford, la cuñada del párroco.

jueves, 17 de junio de 2010

Madrid recupera el museo del Romanticismo

Una de las salas del Museo del Romanticismo en Madrid


Tras más de nueve años cerrado y ocho en obras por fin el Museo Romántico ha vuelto abrir sus puertas al público con un nuevo nombre, Museo Nacional del Romanticismo, lo que le otorga una nueva categoría como institución estatal cuyo objetivo es convertirlo en un referente cultural de primer orden, emparejado con otras casas museo europeas de similares características.El origen de la institución se remonta a 1921 cuando el Marques de la Vega – Inclán donó al Estado su importante colección de piezas románticas.


Ahora, más de ochenta años después de su primera inauguración y tras una inversión de más de 9 millones de euros por parte del Ministerio de Cultura, el Museo Nacional de Romanticismo vuelve abrir sus puertas ofreciendo un plan museológico completamente renovado gracias al que los visitantes podrán acercarse a la época del romanticismo de una manera íntima, recorriendo las distintas estancias personales de una residencia típica de la alta burguesía del siglo XIX . Además el nuevo planteamiento museográfico del museo propondrá dos recorridos esenciales en su exposición permanente:
El primero de ellos será un recorrido ambiental, característico de las casas museo, en el que el visitante podrá hacerse una idea de cómo se desarrollaba la vida casera de la burguesía del XIX, recorriendo las distintas estancias públicas de la casa, como el salón de baile, donde podrá contemplar un fantástico piano que perteneció a Isabel II , o el salón de fumadores, exclusivo para los hombres y decorado con lienzos de temas orientalizantes o exóticos firmados por nombres tan relevantes como Villamil, Lameyer o Carlos Haes. Pero el visitante también podrá introducirse en las estancias más privadas e íntimas de la casa como el oratorio, donde se encuentra una de la piezas estrella de la colección del museo, el lienzo de Goya “San Gregorio Magno”, la habitación de los niños, llena de juguetes de la época, los dormitorios de las damas decorados con gran coquetería o la habitación masculina en la que podrá ver curiosos objetos de higiene, como el estuche de higiene de Fernando VII o su “Trono” evacuatorio, entre otras muchas curiosidades.

El segundo recorrido que plantea este nuevo montaje sigue un criterio temático y muestra distintas cuestiones de la época romántica, desde cuestiones políticas, sociales o hechos históricos, hasta cuestiones artísticas, musicales y literarias en las que se abordan temas típicamente románticos como el costumbrismo, el orientalismo, el medievalismo, la imagen del artista o el suicidio romántico.

Este interesante recorrido bilateral termina en una sala donde el visitante podrá sentarse a leer, charlar o jugar con cuatro de las pantallas interactivas en las que se proponen distintos juegos y preguntas sobre algunos de los temas del museo y que, al contrario de lo que suele pasar con las actividades interactivas, son muy sencillas de usar y tremendamente divertidas.
Como colofón final el visitante podrá contemplar una fantástica maqueta del edificio, ideada como una gran casa de muñecas en la que poder asomarse a cada una de las ventanas para ver distintas escenas del interior de la casa y que seguro hará las delicias de los más pequeños.
Además con el fin de proporcionar una correcta interpretación de los distintos contenidos y hacer la visita lo más productiva e interesante posible, el museo cuenta con un formidable material de apoyo como los cuadernillos de sala, audioguías, signoguías, folletos y juegos.

Sin duda la reapertura del Museo Nacional del Romanticismo enriquecerá el panorama cultural local y además aumentará la oferta museística nacional con este recogido, curioso y coqueto museo que sin duda hará las delicias de todos sus visitantes además de ser un centro de referencia para cualquier clase de estudio sobre el romanticismo español.


miércoles, 16 de junio de 2010

La última carta de Charlotte Brontë

Para Ellen Nussey
Querida Ellen:
La primavera no acaba de apuntar en los páramos, y el viento del invierno gime todavía sin cesar. Por las noches es un largo suspiro que se alarga y que sólo descansa para recomenzar enseguida con más fuerza, como el lloro de un niño desesperado por la ausencia de su madre. Pero también puede sonar como una larga risa, que unas veces parece alegre y otras cargada de tristeza. Después de la muerte de mis hermanas, mientras yo pensaba en ellas, el viento era su voz diciendo mi nombre. En ocasiones lo oía tan claramente que me incorporaba en el lecho, desazonada. Pero con los días volvía a sentir que era solamente el viento en los páramos, el viento como risa, como lamento. Cuando murió el pobre Branwell, el viento simuló sus llamadas mucho más tiempo, como si, por ser él el más desdichado de todos, mi memoria se empeñase en mantener su voz implorante y perdida entre esas rachas sonoras.

Yo me siento muy mal, querida Ellen, pero no es éste el momento de hablarte de unos sufrimientos que nada consigue aliviar, aunque mi querido esposo Arthur me cuida con toda ternura y paciencia. Escribir me ayuda a olvidar mi enfermedad, aunque temo que llegue a estar tan agotada que no pueda hacerlo. Ya ni siquiera soy capaz de manejar la pluma, y debo valerme sólo del lapicero, pero no sabes cuánto esfuerzo me cuesta. Aunque el gusto de hacerlo, y de comunicarte mis pensamientos, compensa con creces lo penoso de la tarea. Hoy me he puesto a escribirte nada más despertar, porque he tenido un sueño que me ha hecho sentir intensamente, de una sola vez, recuerdos y evocaciones que antes únicamente venían a mí de manera ocasional y dispersa. Sé que a ti, tan serena y tranquila, no te asalta, como a mí, una imaginación desbocada, furiosa, ni la sensación de estar pletórica de un vigor y de una energía parecida a la de esos vientos embravecidos que recorren el páramo, a la de las olas gigantes que una galerna puede levantar, y hasta a la de la lava ardiente que, según cuentan los viajeros, brota violenta de las entrañas de la tierra. Esa sensación tengo, querida Ellen, debajo de la evidente debilidad de mi cuerpo, tan insignificante y castigado por la enfermedad. Y todavía sigo sorprendida y admirada de que una fragilidad como la mía pueda albergar tal imaginación, cargada, con fuerza y hasta con violencia, de sueños tan esplendorosos y magníficos. Tal vez ese poder de soñar por encima de la miseria de nuestra condición es lo que nos hace de verdad divinos, querida Ellen, y disculpa si digo estas cosas que pueden parecer un poco heréticas, aunque me tranquiliza saber que, de acuerdo con tu vieja promesa, también quemarás esta carta. Acaso la exaltación que ahora mismo estoy sintiendo tenga mucho que ver con la fiebre, aunque no es raro en mí constatar que una vida más pujante y vigorosa, la vida de mi espíritu, está escondida debajo de mi cuerpo mortecino.

Pero me he puesto a escribirte para contarte un sueño que he tenido esta misma noche. Me dispuse a dormir muy pronto, como hago desde que estoy tan enferma, después de bajar al aposento de mi padre para pedir su bendición, según acostumbramos desde la niñez, y durante un rato fantaseé con el gemido de ese viento melancólico que, también desde la infancia, ha sido la música principal de mi vida, la melodía que impregna, incluso cuando no la oigo, toda mi persona, como creo que impregnaba la de mis hermanas, con más vigor que los propios recuerdos de Branwell, Anne y Emily tocando en la salita alguna melodía de nuestro admirado G. F. Haendel. Sentía pasar al viento y me dejaba llevar en su sonido como si yo fuese esa risa, o ese gemido con que la naturaleza parece celebrar o lamentar lo que los humanos no podemos entender. De repente, dejé de oírlo. El viento ya no se movía, Ellen, ni era invierno, y por la ventana de pronto entreabierta se derramaba en mi alcoba un claror lunar y penetraba el aliento suave del tiempo de verano. Me levanté entonces, bajé las escaleras y salí de casa. Ya no sentía cansancio ni languidez. La luna brillaba entre las lápidas de las tumbas, en el cementerio que se extiende frente a la rectoría, como señalando con aquel fulgor el triunfo de la muerte, pero ya no había en mí temor alguno, sino una extrañeza llena de júbilo, una disposición fervorosa a encontrar la fuente de una segura alegría.

No había una sola nube y la luz lunar incitaba a la melancolía, pero también a una benéfica serenidad. Yo eché a andar por el sendero que lleva a las cascadas, entre las colinas que brillaban en la noche. Pronto Haworth y las viviendas humanas desaparecieron a mis espaldas y quedé yo sola en el páramo, iluminado por el reflejo de plata, con el aroma de los brezos y los cantos de los pájaros nocturnos y los sonidos de los insectos. Yo sentía el corazón de la noche inmensa como el lugar más puro de una soledad que sin embargo mostraba, en los reclamos de las aves y de las pequeñas bestias de la hierba, el bullicio de una vida multiplicada e invisible. Pronto comencé a oír el rumor de la cascada, pero en su sonido se mezclaba otro que enseguida identifiqué como el de una flauta. La melodía de la flauta se unía al sonido de la cascada, y ambas formaban un dúo cristalino que resonaba como una llamada. Y cuando me acerqué, Ellen, vi las sombras blancas de todos. Estaban allí quietos, esperándome. En mitad del puente, las pequeñas figuras de María y Elizabeth, en la misma edad en que murieron. A un lado de la cascada, sobre la roca en que tanto le gustaba sentarse a leer, Emily, con un libro en las manos, y a su lado Anne, con un ramillete de brezo. Y sentado más arriba, en la escarpadura, Branwell. Era él quien tocaba, y descubrí que la melodía era la alemanda del octavo concierto de nuestro amado Haendel. Y alrededor, las aguas cayendo entre las piedras brillantes, y los musgos de superficie aterciopelada, y los helechos, y los ojos de una rata de agua brillando súbita entre los juncos.

Me esperaban, Ellen, todos mis queridos hermanos muertos me esperaban, y todos me recibían con una sonrisa, como si no hubiesen desaparecido en el transcurso de los años, las pequeñas hace tanto, tanto tiempo, sino que aquel encuentro perteneciese a una excursión planeada aquella misma tarde, y sólo hubiésemos dejado de vernos unas horas. Nos agrupamos y echamos a andar por el sendero que lleva a los páramos altos, allí donde tanto hemos jugado de niños, hasta llegar a las viejas ruinas que para nosotros eran, también de niños, el castillo del duque de Zamorna, cuando intentamos la Gran Confederación del Pueblo de Cristal, con sus murallas e infinitos torreones, y Verdópolis, y Angria, y las islas lejanas, el País de Gondal y Gaaldine. Nadie sabía cuál había sido el origen de aquellas ruinas, pero para nosotros estaban habitadas por fantasmas poderosos, por espectros que nos traían esas evocaciones de las glorias antiguas, de los lances caballerescos y de las aventuras fabulosas. Por eso, cuando nuestro padre le regaló a Branwell los doce soldaditos de madera, Emily, Anne y yo, escogimos cada una el que más nos gustó y le dimos el nombre que le convertiría en personaje importante en nuestras invenciones.

Y estábamos allí otra vez, recordando nuestros juegos de infancia, y los diminutos libros que habíamos fabricado y escrito sobre las hazañas de aquellos reinos, y las pequeñas, que habían muerto antes de que los inventásemos, nos escuchaban admiradas. Yo narré las crónicas de Gondal, y cómo fue conquistada Angria, y en la noche de verano resonaba mi voz cantando la pasión de los héroes y de las heroínas, los hechos de guerra, los grandes e imposibles amores y las terribles desesperaciones. Ahí, en esas ensoñaciones, vibraba la conciencia de una vida más estimulante que la que de continuo vivíamos en la rectoría, y aún de la que vivían la mayoría de nuestros compatriotas y hasta la mayoría de los demás habitantes del mundo, y comprendíamos que todas aquellas fantasías no sólo nos las habían sugerido nuestras lecturas y los cuentos de la vieja Tabby, que había visto en persona a los duendes antes de que los echasen las fábricas, cuando la gente todavía hilaba a mano, sino los murmullos del viento en los páramos, pues el viento estaba cargado de palabras secretas que contaban todos los hechos maravillosos del mundo, para que nosotras los reconstruyésemos en el país de los pensamientos.

Si la naturaleza es capaz de tanta belleza y de tanto furor, si la naturaleza lleva en sí tanto poder, ¿por qué los humanos nos conformamos con nuestra mediocridad? Yo estaba rodeada por mis hermanos, bajo la luna de verano, en medio de los páramos salvajes y desiertos, y todas mis penas habían desaparecido. Ni siquiera recordaba mis oscuros tiempos de institutriz, esa profesión que es la más triste que puede tener una mujer, ese pasar sin existencia privada, que nadie valora, esa reclusión de extranjera en una casa donde todo es ajeno y lejano, reducida a la exclusiva y tiránica compañía de unos niños que conocen su propio poder y aborrecen naturalmente la labor de la intrusa. Todas mis penas habían desaparecido, y hasta la carta de ese poeta que un día tanto admiré, en que me dijo que la literatura no puede ser el oficio de una mujer, no debe serlo, pues quién entonces realizaría las tareas que permiten que los hombres escriban.

Nosotras, por la virtud y la fuerza de aquellos páramos inhóspitos y salvajes, ungidas por la monotonía lúgubre de la lluvia y el fulgor implacable de la nieve, bendecidas por el beso de hada de aquel viento gimiente, habíamos conquistado Angria, y el país de Gondal, y habíamos empezado a llamar la atención del mundo literario cuando publicamos, con la herencia de la pobre tía Elizabeth, aquel librito que firmábamos con tres nombres supuestos, ambiguamente masculinos, de hermanos. Y luego habíamos escrito y publicado nuestros libros individuales, y esa sólida sociedad que ignora el valor de la naturaleza, el poder real del corazón humano, el sentimiento de libertad que ningún espíritu debe doblegar, el poder insoslayable de la imaginación, esa sólida sociedad que se escandaliza todavía leyendo a Byron y que ya casi ha olvidado a Scott, había quedado desconcertada. Es todo lo que pido en vida y muerte, un alma libre, y valor para aguantar, había escrito Emily en uno de sus últimos poemas, y allí estábamos todos, con el alma libre y sin perder, cada uno de nosotros, el valor que habíamos tenido en el mejor y más intenso momento de nuestras vidas.Entonces, Ellen, regresamos a casa. La luna hacía brillar los lomos de las colinas y el paisaje iba moviéndose a nuestro paso. Dejaba asomar las nuevas ondulaciones, o se quebraba en las vaguadas, donde se podía oír el sonido de los arroyos y el croar de las ranas. Al fin contemplamos, a lo lejos, la silueta de nuestro hogar, la vieja casa rectoral, y hasta el brillo de las lápidas, y más lejos, en una cota más baja, la torre almenada de la iglesia parroquial. Y en aquellos momentos, sobre los suaves sonidos de la noche llegó hasta nosotros, todavía muy leve, el tañido de las campanas. ¡Era también tan transparente, en mitad de la noche, debajo del intenso fulgor lunar, esa voz de cristal y de lágrima! Y enseguida supimos lo que significaba el toque lento, lento, repetido monótonamente. Todos lo supimos, y mis hermanas y mi hermano me miraban porque aquella vez la campana no doblaba por ellos sino sólo por mí, Ellen, la campana doblaba por mí, y yo estaba muerta en esta misma cama, en la casa familiar, pero estaba también allí, en el páramo, sintiendo que formaba parte para siempre de su salvaje vigor y hasta de ese resplandor de la luna que alumbra el mundo desde su nacimiento y que lo seguirá alumbrando después de que todos nosotros nos hayamos ido.Y a pesar de lo lúgubre del sueño, me desperté sintiendo una misteriosa alegría, y con la fuerza de esa alegría me he puesto a escribirte. Seguramente es la fiebre también la que me sostiene. Espero que perdones las razones insensatas que puedas encontrar en esta carta, que debes destruir enseguida, como habrás hecho con todas las anteriores.

Escríbeme pronto, querida Ellen. Te quiere tu amiga,


Charlotte

domingo, 13 de junio de 2010

Costumes from the movies of Jane Austen Expositions

Emma Woodhouse's ball gown (worn by Romala Gari)



Jane Fairfax (worn by Laura Pyper)


Emma Woodhouse (worn by Romala Gari)


Mr Knightley and Emma Woodhouse (worn by Jonny Lee Miller and Romala Gari
Our exhibition has now finished but, for anyone who was not able to come and see it here are some photos of the costumes.

sábado, 12 de junio de 2010

Basil de Wilkie collins

Basil, benjamín de “un caballero inglés de inmensa fortuna”, se enamora de un flechazo de una muchacha a la que un día ve casualmente en un ómnibus. Después de conocerla, accede a casarse con ella, con la insólita condición, impuesta por el padre de la muchacha, de no consumar el matrimonio hasta que pase un año.
William Wilkie Collins (Londres, 8 de enero de 1824 - Londres, 23 de septiembre de 1889) fue un novelista y dramaturgo inglés. Fue muy popular en su tiempo, escribió 27 novelas, más de 50 historias cortas, al menos 15 obras de teatro y más de 100 piezas de no ficción.
Es considerado uno de los creadores de la novela policíaca, a través de una narrativa caracterizada por la atmósfera de misterio y fantasía, el suspense melodramático, y el relato minucioso. Sus novelas más conocidas son La dama de blanco (1860) y La piedra lunar (1868).

lunes, 7 de junio de 2010

Bleak House (Casa desolada) de Charles Dickens

Bleak House es la novena novela de Charles Dickens, publicada por veinte entregas entre marzo de 1852 y septiembre de 1853. Es considerada una de sus mejores y más completas novelas y contiene uno de los más grandes, complejos y engarzados conjunto maravilloso de personajes y subtramas de toda su obra.

Dickens cuenta todo esto por medio de la narración de la heroína de la novela, Esther Summerson, y de un narrador omnisciente. Entre los personajes memorables se encuentra el abogado Tulkinhorn, el encantador pero deprimente John Jarndyce y el infantil Harold Skimpole. La trama se refiere a una larga disputa legal (Jarndyce y Jarndyce), que tiene consecuencias de largo alcance para todos los involucrados. El ataque de Dickens contra el sistema judicial inglés está en parte basado en su propia experiencia como empleado de leyes. Su representación dura del proceder lento y anticuado de la Cancillería da voz a la amplia frustración con el sistema, y es con frecuencia considerada como una ayuda a que finalmente fuera reformado en la década de 1870. De hecho, Dickens escribe mientras la Cancillería está siendo reformada, sus referencias a instituciones abolidas en 1842 y 1852 hacer pensar que la obra en realidad fue escrita con anterioridad a 1842. De todos modos, se podría discutir si esta datación es consistente con algunos de los temas de la novela.

Como es habitual en él, Dickens toma muchos personajes y lugares reales, pero los transforma en su novela. La filantrópica Señora Jellyby, que se preocupa de proyectos lejanos mientras olvida sus tareas con su propia familia, es una crítica a las activistas feministas como Caroline Chisholm. Mucha gente opina que el "infantil" pero claramente inmoral personaje de Harold Skimpole es un retrato de Leigh Hunt pero siempre fue negado por Dickens. El señor Bouythorn, amigo del señor Jarndyce, está basado en el escritor Walter Savage Landor. La novela incluye también uno de los primeros detectives que aparecen en la ficción inglesa, el señor Bucket. Este personaje está probablemente basado en el inspector Charles Frederick Field del entonces recientemente creado Departamento de Detectives de Scotland Yard. Dickens escribió varios artículos periodísticos sobre el inspector y el trabajo de los detectives en Household Words.

domingo, 6 de junio de 2010

Casa de la escritora Elizabeth Gaskell

La escritora Elizabeth Gaskell (1810-1865) vivió en esta casa de Manchester desde 1850, y es aquí que todos menos el primero de sus libros fueron escritos. 84 Plymouth Grove es una de estilo Regency chalet, que originalmente estaba en las afueras de Manchester, "bastante fuera del humo". Elizabeth Gaskell y William y sus cuatro hijas amaba su ambiente generoso, sus espaciosas habitaciones y un jardín amurallado. Muchos invitados disfrutaron de su hospitalidad, incluyendo Charlotte Bronte, Charles Dickens, John Ruskin y Harriet Beecher Stowe, Cuando Elizabeth murió William y sus dos hijas solteras viviendo en la casa hasta la muerte del último superviviente, Meta Gaskell, en 1913. Cranford, es el más popular de sus libros y nunca ha estado fuera de impresión, y fue televisado en 2007. María Barton, es una historia de Manchester en los años cuarenta hambre, su Vida de Charlotte Brontë es la primera biografía de los tiempos modernos, Ruth se ocupa de la ilegitimidad, el Norte y el Sur sobre la edad y los nuevos valores en una era industrial, prima Phillis situada en la campiña de Cheshire y su último trabajo, esposas e hijas, que fue televisado con éxito en 1999. También escribió muchas cartas vivas. Sus libros están disponibles en la actualidad, en muchas ediciones diferentes.

miércoles, 2 de junio de 2010

Jane Eyre (1944) escrita por Charlotte Brönte

Adaptación de la célebre novela de Charlotte Brontë con un reparto de lujo, encabezado por Joan Fontaine y Orson Welles (que 3 años antes había estrenado su ópera prima "Ciudadano Kane"), sobre la profunda historia de amor de una institutriz y un rico heredero que se verá truncada por un trágico acontecimiento del pasado de éste.

Charlotte Brontë (21 de abril de 1816 - 31 de marzo de 1855) fue una novelista inglesa.
Brontë nació en Thornton, Yorkshire (Gran Bretaña), hija de Patrick Brontë, clérigo de origen irlandés, y de Maria Branwell. Tenía cinco hermanos: Emily, Anne, Maria, Elizabeth y Branwell. En 1820, su padre fue nombrado rector del hoy famoso Haworth, un pueblo de los páramos de Yorkshire, donde la familia se trasladó a vivir y donde los hermanos comenzaron a crear su fantástico mundo, escribiendo las historias de los reinos imaginarios de Anglia, de Charlotte y Branwell, y Gondal, propiedad de Emily y Anne. De las crónicas de Anglia se conservan muchos cuadernos, pero de Gondal ninguno.
La madre de Charlotte murió el 21 de septiembre de 1821 y, en agosto de 1824, Charlotte y Emily fueron enviadas con sus hermanas mayores, Maria y Elizabeth, al colegio de Clergy Daughters, en Cowan Bridge (Lancashire), donde cayeron enfermas de tuberculosis. En este colegio se inspiró Charlotte Brönte para describir el siniestro colegio Lowood que aparece en su novela Jane Eyre. Maria y Elizabeth volvieron enfermas a Haworth y murieron de tuberculosis en 1825. Por este motivo y por las pésimas condiciones del colegio, la familia sacó a Charlotte y a Emily del internado.
En 1842 Charlotte y Emily ingresaron en un internado privado de Bruselas, pero al morir su tía se vieron obligadas a volver. Emily se quedó como administradora de la casa y Anne se puso a trabajar como institutriz con una familia cerca de York, en la que también entró a trabajar su hermano de profesor particular. Las experiencias que Charlotte vivió en Bruselas le sirvieron a su regreso para plasmar la soledad, la nostalgia y el aislamiento de Lucy Snow en su novela Villete (1853). A su hermano Branwell lo despidieron acusado de haberse enamorado de la mujer de su patrón y empezó a recurrir cada vez más al opio y a la bebida.
Después, las tres hermanas se dedicaron a publicar novelas. La primera que se publicó fue Jane Eyre (1847), de Charlotte, que tuvo un éxito inmediato. Agnes Grey, de Anne, y Cumbres borrascosas, de Emily, aparecieron más adelante aquel mismo año. Al regresar a Haworth después de haberse ido un tiempo a ver a sus editores, encontraron a Branwell a punto de morir. Su hermana Emily murió de tuberculosis en 1848. Anne murió de la misma enfermedad en 1849, un año después de publicar su segunda novela, La dama de Wildfell Hall.
Charlotte se casó en 1854 con el coadjutor de su padre, Arthur Bell Nicholls, que fue el cuarto hombre en proponérselo. El 31 de marzo de 1855, estando embarazada, enfermó y murió de tuberculosis como sus hermanas