viernes, 19 de octubre de 2012

The writers ' Museum



Tres ciudades británicas son consideradas las ciudades más literarias del mundo: Edimburgo, Dublín y Londres. Aparecen otras ciudades en esta crónica de Julieta Roffo para el diario Clarín basada en información de “National Geographic Traveler”. Al parecer, la lógica para aparecer en la lista es la cantidad de museos o casas de escritores que hay en el lugar. Como no está el enlace, no sé si mencionan o no a la maravillosa y fundamental ciudad de Trieste. Sería lamentable que no fuese así.


Dice la nota:

(…) según el análisis publicado por la revista, Edimburgo es la ciudad más literaria de todas: en la capital escocesa hay un importante Museo de Escritores, donde se homenajea, entre otros, a Robert Louis Stevenson y a Sir Walter Scott y hay pubs que se jactan de haber sido sitios de inspiración de Sir Arthur Conan Doyle, el creador de Sherlock Holmes. Dublín, la capital de Irlanda, se ubica en segundo lugar: allí nacieron o vivieron James Joyce, George Bernard Shaw, Bram Stroker y Oscar Wilde. Allí transcurre el Ulises de Joyce, una de las novelas más importantes del siglo XX, y por la cual cada 16 de junio dublineses (y miles de turistas) celebran el Bloomsday, el único día en la vida de Leopold Bloom que el autor narra en su extensísimo texto. Londres también tiene lo suyo: aunque William Shakespeare –el autor fundacional de ese idioma, como Cervantes funcionó para el español- nació en Stratford-upon-Avon, la capital inglesa alberga al teatro en el que se interpretaban sus obras y que aún funciona, y además, la biblioteca del Museo Británico es una de las más importantes del mundo y cuenta con manuscritos de Jane Austen y del mismísimo Joyce, entre tantos otros.

La característica de París tal vez sea que allí no sólo hubo escritores nativos de importancia universal, como Víctor Hugo y Honoré de Balzac, o como Jean-Paul Sartre y su compañera, Simone de Beauvoir, con mesa fija en el célebre Café de Flore; sino que también fue La Meca de las Letras -¿la tierra (de la inspiración) prometida?- para autores de todo Occidente: nada menos que Ernest Hemingway, Truman Capote y Sábato también frecuentaron esas mesas; Mario Vargas Llosa, como Cortázar, vivió en la capital gala, y allí escribió La ciudad y los perros, su primera novela, que acaba de cumplir 50 años.

A mediados del siglo XX, París fue una especie de centro neurálgico de las artes, y eso abarcó a la literatura: mudarse allí, conocerla, caminarla, podía resultar inspirador, no sólo por su paisaje y su carácter cosmopolita, sino porque ahí mismo podían encontrarse a otros artistas y compartir con ellos la experiencia creativa. Eso tal vez la haya vuelto el escenario de textos como París era una fiesta, en el que Hemingway rememora su tiempo allí, o la mismísima Rayuela, situada sobre los puentes del Sena y en la que la propia historia muestra esa efusividad artística que asociaba a músicos con escritores y con pintores en proyectos colectivos. Los años en los que las dictaduras militares se instalaron por la fuerza en Latinoamérica fueron motivo de exilio para muchos autores, y en algunos casos, París fue no sólo inspiración sino refugio.

La San Petesburgo de Fiódor Dostoievsky, donde transcurren Crimen y castigo y donde escribió.




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